jueves, 12 de marzo de 2009

No me gustan

- No me trajiste chocolates

- Y, ¿para qué quieres chocolates que no te vas a comer?, los vas a regalar porque te engordan.

- Pero es el detalle.

- No es el detalle, es el hecho de que no te voy a regalar algo para ti cuando no será para ti. ¿Acaso tú me darías un reloj para que lo use mi hermano?

- Idiota, el reloj que te regalé, lo usa tu hermano.

- Pero si sabías que yo no uso reloj. Osea, es tan simple, no me regales algo que no quiero y si quieres, porque te será más cómodo, no me regales nada que tengas que comprar que yo me puedo comprar todo lo que quiero tener.

- Ay, pero eres desesperante.

- Y claro que lo soy, te advertí antes de que empezáramos a salir, te voy a volver loca en un mes o dos, porque yo estoy loco y esas huevadas se contagian.

- Pero, no sé, pudiste habérmelo devuelto.

- Entonces no hubiera sido regalado. Yo que sé, además ya fue, no entiendo porque nos complicamos por las huevas. Siempre tenemos problemas como estos por tonterías que no me gusta discutir a mí pero que para ti significan algo que yo no puedo descifrar por más que intento, si pudiera ser como quieres que sea intentaría parecerme un poco a ese yo que quieres de mí sin alejarme del yo que soy.

- Olvídalo, nunca entenderás.

- Lo siento.

- Lo siento, lo siento. Así no arreglas nada!

- Y bueno, gritándome tampoco es que arregles mucho. Deberíamos sentarnos y conversar tranquilos, no he venido a pelear contigo sino a pasar un buen rato, cariñoso y amable.

- Es que las cosas no son tan fáciles.

- Epa!, tampoco son tan difíciles. Lo que estás haciendo es maximizar un detalle minúsculo. ¿Querías que te trajera regalo?, está bien, mañana te traigo uno y ya está.

- Ay! no es eso, no me traigas ni mierda, era hoy que tenías que regalarme.

- Pero hoy no te traje nada, ¿qué solución hay?

- En verdad, eres medio imbécil o simplemente quieres desesperarme, pero no voy a caer eh.

- Caer en qué monga, yo no quiero discutir. Sólo, yo no soy de los que regalan cosas por cada mes, es más, ni me acuerdo qué mes cumplimos.

- Cómo no te vas a acordar, hoy cumplimos tres meses de enamorados, tres!

- ¿Tres?, con razón ya te volví loca. Pero tres de qué, ¿desde que comenzamos?. No seas tonta, no voy a estar pendiente del día en que comenzamos y recordarlo cada mes como un idiota, el día en que comenzamos fue un día que ya pasó y fue chevere, bonito, lo que quieras pero ya pasó. Si viviera pensando en esas tonterías te tendría que decir, no sé, que antes de ayer se cumplió un mes desde que te presenté a mis padres, fácil dentro de cuatro días se cumple dos meses desde que nos acostamos y posiblemente ya vayamos a cumplir dos años de conocernos. ¿Ves a lo que me refiero?

- No

- Que no importan las fechas en las que ocurrieron las cosas, importa que ocurrieron y ya.

- Ok.

- ¿Eso es?

- Que ok, que ya entendí.

- Entonces, ¿no seguimos discutiendo?

- Ya no.

- Entonces, vamos a la sala, descansemos y veamos una película.

- ¿Por qué no vamos al cine?

- Porque compré una película para verla acá, que es más barato, más cómodo y puedo dormirme sin incomodar a nadie.

- ¿Te vas a dormir?

- Y claro, si hoy trabajé horas extras, estoy algo cansado cariño.

- Siempre estás cansado.

- Y tú cansándome más.

- Ahora estás cansado de mí también.

- ¿Y cómo no, si salimos de una discusión para entrar en otra?

- Ok, olvídalo. Ni rosas pudiste traerme.

- No me gustan las rosas.

- No es que te tengan que gustar a ti, es que me tienen que gustar a mí.

- No me exprese bien. No me gusta regalar rosas.

- Pero a mí me gustaría recibirlas.

- Pues, no quiero ser cruel aunque esto suene así, pero entonces busca a alguien que te regale rosas, yo no lo voy a hacer, no me gusta regalarlas, todo el mundo lo hace. Hace poco te regale una maceta enorme con girasoles.

- No es lo mismo.

- Por supuesto que no es lo mismo, los girasoles son miles de veces más bellos.

- Pero yo quiero rosas!

- Y yo quisiera dejar de discutir, pero no siempre se obtiene lo que uno quiere querida.

- No te aguanto más.

- (desconcierto) Me sorprende que lo digas, no sabía que tenías que aguantarme, porque esto de estar no se trata de tener que aguantarse cariño. Yo disfruto, en cambio, cuando estás a mi lado.

- Oye, ehmm, no sé si me arrepentiré de esto, pero creo que sería bueno darnos un tiempo para que recapacitemos si en verdad nos conviene seguir juntos.

- ¿Estás segura?

- Sí, ya sé que no crees en eso de darse un tiempo, y también sé que cuando terminas con alguien no piensas nunca en volver, pero será lo mejor.

- No me gustan tus métodos, pero si eso te hace bien, procedamos.

- ¿Así no más?

- Sí, hay cosas que quieres que yo puedo aceptar, hay otras que no. Esta es de las que sí cariño.

- No me gusta la simpleza con lo que te tomas esto.

- A mí me gustaría irme a mi pieza, descansar y seguir con mi vida.

- Sin mí.

- Sólo si tú quieres.

- ¿Y tú quieres?

- Claro que quiero, lo que no quiero es que sigamos con estas cojudeces, yo no soy la persona que tú soñaste, sólo soy la persona que quieres. Sabiendo esto, podrás elegir si seguir juntos o no.

- ¿Y tú?

- A mí no me gustan esas decisiones, tómalas tú.

domingo, 8 de marzo de 2009

Tirado

Hay locura en mis palabras, una que ni yo mismo entiendo. Hay una locura sana, de esas que te tumban a carcajadas y hay una maligna, de esas que te encierran en una incertidumbre infinita buscándole el por qué a las cosas.



De la sana me queda solo la sonrisa y unas frases que repito con nostalgia preguntándome qué es lo que ha cambiado de unos cinco años atrás hasta hoy. De la maligna, que me atormenta, me queda todos los días la duda si me liberaré de estas cuestiones que no tienen respuesta y estas respuestas que no son las que he buscado ni ayer ni hoy.



De esta locura, enferma, me cuelgo para justificar mi estupidez. La uso como escudo para las críticas y me alimenta cuando no tengo nada que decir. De esta locura, enferma, me quedan páginas enteras de alucinaciones y sueños venidos a menos que nunca quise se hicieran realidad, teniendo que huir de la posibilidad de que estas narcoticidades llegarán a mi vida antes que yo.



De esta locura sé, creo, que me sostengo a diario, porque dentro de todo este mundo paralelo que ha crecido en mi cabeza las cosas tienen sentido. En la razón y la realidad, en cambio, las cosas van en el sentido contrario. De esto resulta que yo no sepa a dónde ir, a donde encuentro sentido o a donde el mundo se hace inentendible y, en la duda, me quedo parado.

jueves, 26 de febrero de 2009

Tirado (feo)

Soy como un hobbit, pequeño y, por eso, aparentemente tierno, y ando descalzo también. Tengo los pies llenos de pelo y las plantas negras de tanto andar, con las sandalias en la mano mientras regreso desde Barranco a patas sintiendo en los pies el ardor.

Soy como un ciego optimista, a propo, cierro los ojos y empiezo a descubrir el mundo con mis otros sentidos, apelo al tacto para orientarme y descubrir las infinitas texturas de las cosas, huelo el aire de mierda a ver si mi nariz enorme me guía hacia la playa a regocijarme con ese olor a mar que te lleva por él como a un marinero, sin dejar de tener los pies en la arena. Y escucho el mundo, mis latidos y la radio que no capta bien la señal, y siento el universo diferente, como si fuera nuevo para mí, así cada día, y así aprendo a diario a vivir.

Soy como una tempera que cuando llega a la vida de uno genera ganas de usar, ilusión, augura obras maestras pero una vez abierto si es que no me gasté en pinceladas (magistrales o mediocres da igual), me seco olvidado en algún rincón, inútil, y presto a ser tirado si un buen día me encuentran o reutilizado con un poco de agua violando mi auténtico color, porque no soy tan bello como cuando se me compró.

Soy como el girasol, olvidado, que fue plantado en el malecón. Crezco grande pero no imponente, con mis pétalos amarillos, cagándome de frío, cagándome de calor, sin madre que me cuide, aguantando todo el día al picaflor que pica, jode porque no puedo defenderme, porque no puedo gritar de dolor. Miro al sol durante el día, pierdo el encanto tras el ocaso y, por las noches, ya ni sé quién soy yo, me quedo en el mismo sitio lo que me queda de vida mientras me va creciendo esta joroba enorme y me inclino al borde de la muerte culpando a esta tierra que ya no me quiere y esta agua que ya no tiene sabor.

Soy un poco como era, aunque antes era mejor
soy de los que esperan una nueva era,
de los que hemos vuelto gritos de esperanza
nuestros gritos de dolor,
lo que no nos rascamos la panza
cuando sentimos cosquillitas de amor,
de los que durante el día empujamos el mundo si no avanza
y nos sentamos en el muelle
viendo cómo se oculta el sol.
Soy un poco como era
y no sabía cómo era entonces
tampoco sé cómo soy hoy.

sábado, 21 de febrero de 2009

Tirado

(...) coñ uños cigarrillos de mala, y leñta, muerte, me acuesto bajo tres colchas a llorar siñ que ñadie me escuche preguñtañdome si vale la peña seguir cuestioñañdo si amarte estuvo mal.
coñ uños cigarrillos de los que se acabañ eñ dos pitadas y te dejañ la boca olieñdo a mierda, me escoñdo de todos eñ la meñtira de la oscuridad de las luces apagadas. La oscuridad es debajo de la almohada, apeñas podieñdo respirar.

y, tirado, al costado del ceñicero me digo, amarte ño estuvo tañ mal después de todo porque coñtigo apreñdí a fumar (...)

jueves, 19 de febrero de 2009

Tirado

Al escribir me siento como cuando juego fútbol, creo hacerlo medianamente bien pero en la cancha, con los demás jugadores, mis palabras suenan como autogoles y la gente no corea mi nombre sino piden mi reemplazo y a la banca voy.
Pero no por eso he dejado un segundo de jugarlo, ni un segundo de escribir, porque el amor al fútbol, el amor a las letras, no es hacerlo bien, el amor es hacerlo entregándose al cien.

miércoles, 4 de febrero de 2009

La Casa de la Piscina

Siempre que paseaba por la Avenida San Martín, me ponía las audífonos porque me aburría el ruido de la ciudad, los bocinazos, las frenadas y unos conchatumadre que terminaban por hastiar a cualquiera. No salía muy seguido porque vivía tranquilo dentro de mi cuarto donde tenía todo lo necesario para ser feliz, pero una que otra vez me gustaba ir a la casa del cabezón para conversar, tomarnos algunos tragos con los rumberos y jodernos hasta que dieran las dos de la mañana y pedirle a alguien que me jale hasta mi casa porque los ladrones salían a cazar.

Siempre que paseaba por la Avenida San Martín me detenía un segundo a media cuadra de mi casa a contemplar la piscinita que, en quince años que pasaba por ahí, nunca había visto llena ni a medias sino siempre seca y sucia, llena de hojas muertas y la arena que dejaba la paraca que venía muy de vez en cuando. Luego la dejaba atrás y me olvidaba, es una casa sucia más, como la mía, como la de mi vecina y como muchas otras en la ciudad, el viento arrastra la arena desde el desierto y minutos después de haber barrido la acera frente a la puerta ya estaba sucia de nuevo. Es por eso que nunca me llamó la atención la suciedad de las casas de la avenida ni de las veredas, no por gusto en verano caminaba descalzo por la calle.

Pero ese día fue diferente, en su casa, el cabezón me contó que durante el tiempo que me fui a Lima muchas cosas habían cambiado en Ica, lo que era muy cierto, la ciudad parecía otra, las cosas se habían modernizado y caminar se había vuelto más peligroso, con la inyección de dinero que hubo, se incrementó el número de asaltantes, secuestradores y putas. Al parecer, la necesidad había obligado a algunas familiar a usar su domicilio como casa de citas y contratar chicas para saciar las necesidades de aquellos a quien no les bastaba con los placeres sexuales gratuitos.

De las tantas casas que se dedicaban a esto, sólo una tenía interés para mí. La casa de la piscina vacía, en la que nunca vi entrar o salir a alguien y que pensé que vivía algún jubilado que no tenía ni mierda que hacer fuera de su casa y se quedaba viendo televisión todo el día o que paraba tan ocupado que no tenía tiempo para limpiar su piscina. Decían que habían visto a varios hombres entrar en las noches y salir a los veinte minutos, servicio especial, sin colas, sin enfermedades y total discreción. Lo que no saben es que en las ciudades pequeñas la discreción no existe, unos tíos, un par de primos y unos conocidos ya habían sido identificados como asiduos visitantes de la casita del placer.

Entre cambios de tema, el hacer hora con la chela en la mano e ir detrás de la casita del parque a orinar, dieron las dos de la mañana y era hora de volver a casa para que mi vieja, mi querida vieja, no estuviera preguntándome dónde estaba ni con quienes. (Gus)Tavo podía jalarme porque para ir a su casa tenía que pasar por la mía, pero no, así estaba bien, quería caminar, me puse los audífonos, la chaqueta y a empezar el recorrido.
Minutos después estaba cerca de casa, y lo vi, mi pareja de la fiesta de promoción, una puta conocida, le abría la puerta de la casa de la piscina a un extraño que llegaba con un tufo incontenible y apenas en pie, me ve y no me ve porque esquiva la mirada, hace pasar al extraño y cierra la puerta. Me saqué los audífonos porque quería saber cómo sonaba una casa de citas, después de dos gemidos apenas perceptibles decidí seguir. Llegué a casa a dormir a la fuerza, con putas tan cerca podía caer en la tentación de visitarlas. Al día siguiente, regresé a Lima.

sábado, 31 de enero de 2009

El eco siempre se hace esperar

A veces escucho el silencio del mundo cuando termina la lluvia y no quiere salir el sol ni se dejan ver las estrellas, cuando el cielo deja de soltar las lágrimas pero no sonríe, como si estuviera dormido cansado de tanto llorar. A veces escucho el silencio del mundo y siento la soledad, y me parece que no existo, que soy un fantasma sin muerte previa, que esta alma que me regalaron no sabe de felicidad, entonces me siento un momento tras la ventana, aprieto mis puños y me pongo a llorar.
A veces siento el silencio del mundo y me siento vacío también, apoyo mi cabeza en mis manos y me pongo a pensar que el mundo calla un segundo para poder respirar, para sacarse este caos de encima, para tener un segundo de paz, entonces me siento un momento tras la ventana, aprieto los dientes y mi corazón deja de palpitar.
A veces escucho el silencio del mundo, que está cansado y lleno de penas, poblado por gentes que no saben ser buenos ni con los que ellos saben amar, harto de sus pisadas de furia y las huellas que nadie sabe de dónde vienen y ni a dónde van. A veces escucho el silencio del mundo que pide un poco de piedad, que dejar vivir es más difícil que matar.
A veces escucho el silencio del mundo, entonces me siento un momento y suena la bala, se oye el sollozo, se escucha la pena, el hambre, la ruindad, se oye la malicia, la avaricia, la soledad, retumba el dolor, la rabia y la mezquindad, canta el grito que exige paz y libertad, susurran los ángeles que los hombres no saben ni mierda sobre buena vecindad.
A veces escucho el silencio del mundo, entonces me siento un momento tras la ventana, aprieto los dientes, cierro los ojos y me tapo los oídos porque luego vuelve con fuerza el ruido de la ciudad y yo, yo ya no quiero escuchar.